Editorial Mayo 2021

En el país en el cual vivimos, las razones que se explican hasta la saciedad, quizás no sean suficientes para hacer entender a la clase dirigente, a los grandes medios de comunicación y al gran empresariado, que se hace necesario la moderación en la aplicación de cualquier medida económica, política o social.

En su obcecación nada parece suficiente para hacerles evitar que  lleguemos hasta el colapso total. Poco a poco colocan al país en la situación de un náufrago, que al estarse ahogando lo necesario es llegar hasta el fondo para poder impulsarse y salir a flote.

Se tuvo que llegar hasta un Paro Nacional, el cual no solo se pudo  evitar cuando se anunció, sino esforzarse en encontrar una pronta y concertada solución; sin embargo, la soberbia oficial se ha empecinado en seguir presionando un resorte que podría dar al traste con la esencia misma de la democracia, es decir la armonía social.

Sí, es cierto, el paro está afectando el correcto funcionamiento o desarrollo de la economía nacional. Aunque no tanto al sector empresarial como a la clase trabajadora, a la cual está terminando de asfixiar; pues como si fuera poco la pandemia del Covid-19, viene siendo aporreada por un inclemente cúmulo de medidas tributarias, pírricos aumentos salariales que no se corresponden con la realidad, excesivos e inexplicables aumentos de los servicios públicos y del valor de los pasajes. Para colmo hoy una gruesa mayoría queda cesante debido a que a muchas empresas no le está llegando la materia prima y sus insumos; pero fundamentalmente porque en muchas de ellas ya se está aplicando el trabajo por horas, sin una contratación que le permita llevar el sustento a sus casas en el lapso que dure el Paro Nacional.

Adicional a esto se presentan otros agravantes para esa clase que ante la ausencia de transporte y en la necesidad de conservar sus puestos laborales, le toca caminar largos trayectos por varias horas al final de los días, sin lograr un descanso adecuado o un lapso para disfrutar en familia y quedando expuesta a una delincuencia que se ha incrementado, debido incluso a los factores antes mencionados.

Como si fuera poco, comienza a enfrentarse a un par de monstruos que por ningún motivo se deberían dejar fortalecer: me refiero al de la especulación y el acaparamiento, que han hecho carrera en otros lugares y momentos, llevando al caos y la explosión social incontrolables.

Ahora bien, antes de continuar tratando de ahondar en el porqué no se pueden permitir esas practicas, quiero  dar a conocer mi opinión sobre la perdurabilidad del Paro Nacional:

El Paro Nacional se hace necesario y perdurable, hasta tanto, quienes lo pretenden desconocer y quienes habiendo sido adoctrinados en la sumisión, entiendan que se ha llegado a límites insostenibles de desigualdad social, a un exacerbado sentir colectivo frente al ejercicio del poder, dado el comportamiento cínico de la clase corrupta que lo ejerce y sobre todo frente al aparato represivo con el cual se intenta acallar los más elementales reclamos y Derechos consagrados en nuestra Carta Magna.

 

Ciudadanía, por si no lo hemos entendido, estamos en un estadio necesario para poder alcanzar el desarrollo de una nueva sociedad, más justa, equitativa, solidaria y transparente, la cual solamente será posible en la medida en que la brújula la orientemos hacia ese norte.

Ahora bien, si es cierto que es la fuerza de la juventud la que está propugnando ese cambio, no podemos desconocer que las sociedades milenarias han alcanzado desarrollo y poderío gracias a la sabiduría de sus mayores; no obstante, hay dos elementos que se deben tener en cuenta: primero, muchos jóvenes intelectualmente muy preparados, han recibido una influencia negativa y terminarán emulando a sus antecesores y hasta traicionando a quienes esperan lo mejor de sí, porque el sistema está diseñado para la consecución de la grandeza individual y no colectiva; y segundo, porque existe una tendencia a tratar de derogar todo lo existente, desconociendo tanto a la institucionalidad como a quienes han logrado alcanzar una comprensión del mundo desde las diferentes perspectivas sociales y actuales, así como demostrado una solvencia moral y ética; desconocer la sabiduría puede hacer perder el grado de maniobrabilidad a la hora de alcanzar la gobernabilidad.

Volvamos al tema del acaparamiento y la especulación Recuerdo mi segunda estadía en Venezuela, hacia finales de la década del 80 y principios de los 90, cómo algunos avivatos se atrevieron romper los diques de la estabilidad del mercado, acaparando y especulando, fortaleciendo una tesis que el aumento desproporcionado de los precios se debía a la supuesta ausencia de productos; sin prever que el hambre es más fuerte que las fuerzas naturales dadas a conocer por los griegos, o que estaban siendo, junto a la dirigencia política de entonces, por cierto muy similar a la que hoy tenemos, los generadores de una gran explosión social y al inicio de lo que hoy es la triste realidad de esa nación hermana.

Después del famoso “caracazo” se daban golpes de pecho y admitían sus errores y los grandes medios comenzaron a reconocer que no habían actuado con ecuanimidad y equilibrio informativo.

Hoy en Colombia toda hay más de un malnacido abusivamente subiendo los precios de la canasta básica sin misericordia y sin importarles que en esta pandemia hay desempleo y demasiada necesidad; que si costaba echar un pedazo de carne a la olla a 8 mil la libra, es imposible al aumentarle su precio a 14, 15 y 16 mil. En la Venezuela de entonces se llegó a ese nivel porque italianos, portugueses y españoles eran los dueños de todo el comercio, la industria y se comportaban de manera indolente; su valor lo ostentaban porque eran quienes controlaban los bancos y se daban créditos entre ellos, mientras el pueblo eran sus siervos en las empresas, panaderías, tiendas, almacenes etc. Muchos, la mayoría, les tocó regresar a sus países de origen con una mano adelante y otra atrás, después de los sacudones, cuando la masa enardecida les saqueó sus negocios.

Aquí hay una clase, esa que se vanagloria denominándose «gente de bien» que se considera superior y desconoce que el hambre es tan o más poderosa que el agua, el viento, el fuego o la tierra, el cual una vez crece se convierte en una fuerza capaz derribar o arrasar con lo que encuentra a su paso. Aún estamos a tiempo de reflexionar sobre ello.

Por:  Ángel David Esguerra Tache

Premio Nacional de Periodismo ‘Antonio Nariño’ 2014 y 2017.

 

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